¿Quién comenzó la Guerra de los Seis Días?

El autor desmonta las mentiras de la propaganda sionista sobre quién inició la guerra de 1967 y las otras que enfrentaron a árabes e israelíes



Soldados israelíes celebran la derrota de los ejércitos árabes. (Foto: TRTWORLD)
Soldados israelíes celebran la derrota de los ejércitos árabes. (Foto: TRTWORLD)

Jeremy R. Hammond
“En junio de 1967 —escribe Bret Stephens en el New York Times— los líderes árabes declararon su intención de aniquilar el estado judío y los judíos decidieron que no se quedarían de brazos cruzados. Por el delito de autoconservación, Israel sigue siendo un país no perdonado.

“Sin perdón, dicen los críticos menos duros de Israel, por la Guerra de los Seis Días, aunque estuviera justificada en su momento, no justifica 50 años de ocupación”.

Stephens no está de acuerdo y dice que la idea de que la ocupación israelí no está justificada “es un sinsentido ahistórico”.

En realidad, es Bret Stephens quien es culpable de ese cargo, pues su artículo, titulado “Seis días y 50 años de guerra”, no hace otra cosa que regurgitar la propaganda sionista al uso.


Distorsionando la guerra de 1967

Stephens procede a culpar a los árabes por la Guerra de los Seis Días de junio de 1967, señalando que la fuerza de paz de la ONU estacionada en la Península de Sinaí fue retirada a instancias de Egipto y refiriéndose a un “bloqueo del puerto israelí de Eilat por parte de Egipto”.

Luego, Stephens escribe: “El 5 de junio, el primer día de la guerra, el gobierno israelí utilizó tres canales diplomáticos distintos para advertir a Jordania —que entonces ocupaba Cisjordania— que no iniciara las hostilidades. Los jordanos ignoraron la advertencia y abrieron fuego con aviones y artillería”.

Lamentablemente, Stephens engaña a sus lectores al hacerles creer que Jordania fue quien realizó los primeros ataques de la guerra.

Lo cierto es que la Guerra de los Seis Días fue iniciada por Israel la mañana del 5 de junio con un ataque sorpresa contra Egipto, aliado de Jordania, que destruyó por completo la fuerza aérea del país árabe, cuando sus aviones estaban todavía en tierra.

Es cierto que el presidente egipcio, Gamal Abdel Naser, había dado instrucciones a la Fuerza de Emergencia de la ONU (UNEF) para que abandonara Egipto. La conclusión que se supone que extraerán los lectores es que Egipto, en coalición con Jordania, estaba preparándose para invadir Israel.

La UNEF fue “concebida como una zona de amortiguamiento de Egipto”, dice Stephens. Y es verdad, pero la implicación, de acuerdo con el contexto proporcionado, de que su propósito era proteger a Israel frente a una posible agresión es una tergiversación de los hechos.

Lo que Stephens no dice a sus lectores es que la UNEF fue creada después de que Israel conspirara con Gran Bretaña y Francia para lanzar una guerra de agresión contra Egipto en 1956, tras la nacionalización del Canal del Suez por Naser. El propósito de la UNEF no solo era asegurar el cese de las hostilidades y servir como zona de interposición para evitar una futura agresión, sino también supervisar la retirada de las fuerzas armadas israelíes del territorio egipcio ocupado.

Para inducir a los lectores a la conclusión deseada, Stephens omite todo el contexto pertinente, a saber, que Naser había sido acusado por sus aliados Siria y Jordania de esconderse detrás de la UNEF y no acudir en ayuda de Jordania cuando, el 13 de noviembre de 1966, Israel invadió Cisjordania para castigar colectivamente a la población civil del pueblo de Samu por la muerte de tres soldados israelíes a manos de Fatah dos días antes.

La idea de Israel era que, al aterrorizar a los palestinos, estos pedirían al rey Husein de Jordania —que administraba Cisjordania tras la guerra de 1948 y la limpieza étnica de Palestina— que tomara medidas drásticas contra Fatah. Después de reunir a los palestinos en la plaza del pueblo, las fuerzas israelíes llevaron a cabo actos de terrorismo sin sentido, demoliendo, según los investigadores de la ONU, 125 viviendas, una clínica y una escuela. Tres civiles fueron asesinados y 96 resultaron heridos. El Consejo de Seguridad de la ONU condenó a Israel por su “violación de la Carta de las Naciones Unidas y del acuerdo de armisticio general entre Israel y Jordania”.

Al omitir este contexto, Stephens deja a sus lectores con la impresión de que Egipto se estaba preparando para atacar a Israel, cuando en realidad lo que pretendía Naser al expulsar a la UNEF era salvar la cara tras las acusaciones de cobardía y de esconderse detrás las fuerzas de la ONU.

De hecho, después de que Naser solicitara la evacuación de la UNEF, el secretario general de la ONU U Thant propuso reposicionar dicha fuerza de interposición en el lado israelí de la frontera, pero Israel se negó.


Apenas unos días antes del comienzo de la Guerra de los Seis Días, el rey Husein de Jordania y el presidente egipcio Gamal Abdul Naser firmaron un acuerdo de defensa mutua.
Apenas unos días antes del comienzo de la Guerra de los Seis Días, el rey Husein de Jordania y el presidente egipcio Gamal Abdul Naser firmaron un acuerdo de defensa mutua.

También es cierto que Egipto había anunciado el cierre del estrecho de Tirán a la navegación israelí. Según El Cairo, las aguas del estrecho eran egipcias. Israel consideró que el anuncio era un casus belli, una justificación para la guerra, pero fue reiteradamente advertido por Washington de que sus litigios con Egipto debían ser resueltos a través de la diplomacia, y no con la fuerza militar.

La referencia que Stephens hace al cierre del estrecho de Tirán se produce después de sugerir que Francia y EEUU habían abandonado a Israel cuando este más los necesitaba: “Francia, hasta entonces aliado de Israel, había impuesto un embargo de armas a este país, y […] Lyndon Johnson incumplió las promesas norteamericanas de romper cualquier bloqueo egipcio del puerto israelí de Eilat”.

A pesar de que Stephens no ofrece ninguna explicación de la negativa de Francia a suministrar más armas a Israel —que ya era reconocida como la potencia militar más formidable de la región—, es importante señalar que Francia e Israel fueron censuradas por la comunidad internacional —incluyendo a EEUU— por su agresión conjunta contra Egipto en 1956.

Suponemos que es un descuido que Stephens no haya mencionado el movimiento de las fuerzas armadas egipcias al interior de la Península de Sinaí antes de la guerra, un hecho normalmente subrayado en la narrativa sionista como prueba de los planes de Naser para invadir Israel. En realidad, los mismos servicios de inteligencia israelíes consideraron, tras los citados movimientos de tropas egipcias, que Naser no tenía ninguna intención de atacar Israel (pensaron que no estaba loco), conclusión compartida por los servicios de inteligencia de Estados Unidos.

La CIA observó que las fuerzas armadas de Egipto habían adoptado posiciones defensivas después de haber recibido un informe de los servicios de inteligencia soviéticos, según el cual Israel estaba acumulando fuerzas en la frontera con Siria, país aliado de Egipto. (“La advertencia hecha por la URSS a los sirios de que los israelíes estaban preparando un ataque no estaba descaminada”, dijo Harold Saunders, analista de Oriente Medio del Departamento de Estado, “aunque parece que habían exagerado su magnitud. Probablemente, los israelíes habían planeado un ataque, pero no una invasión”.)

La CIA también predijo con exactitud y advirtió al presidente Lyndon Johnson que la guerra estaba cerca y que sería Israel quien la iniciaría. El archivo documental de cables diplomáticos de ese tiempo (es decir, la colección “Relaciones Exteriores de Estados Unidos” del Departamento de Estado) está repleto de advertencias hechas a Israel en el sentido de que no sería políticamente viable que EEUU interviniera en apoyo a Israel —tal y como Tel Aviv había pedido a la administración Johnson que hiciera— si el ejército hebreo lanzaba el primer ataque.

“Como amigo suyo —escribió el presidente Johnson en una carta dirigida al primer ministro israelí Levi Eshkol el 28 de mayo—, repito con más fuerza aún lo que dije ayer al Sr. Eban [embajador de Israel en EEUU]: Israel no debe iniciar ninguna acción militar preventiva y, con ello, hacerse responsable del inicio de las hostilidades” (énfasis añadido).

Tras haber omitido todo este contexto relevante y haber engañado a sus lectores haciéndoles creer que el primer disparo de la guerra fue efectuado por Jordania, Stephens sigue caracterizando a Israel como la parte que busca la paz, mientras que los recalcitrantes árabes rechazaron sus razonables propuestas. La prueba que aporta para sostener esta afirmación es la decisión del gabinete israelí del 19 de junio, nueve días después del fin de la guerra, de “ofrecer la devolución de los territorios conquistados a Egipto y Siria a cambio de la paz, la seguridad y el reconocimiento”.

Si Israel hubiera querido la paz con sus vecinos árabes, no habría lanzado la Guerra de los Seis Días y habría seguido el consejo de la administración Johnson para buscar una solución a las crecientes tensiones a través de medios diplomáticos, de conformidad con las obligaciones de Israel según la Carta de la ONU.

Luego de advertir a sus lectores de no “caer en la perezosa retórica de los ’50 años de ocupación’, utilizada invariablemente para condenar a Israel”, Stephens sostiene que “no habría habido ocupación y no habría habido asentamientos si Egipto y sus aliados no hubieran provocado imprudentemente la guerra”.

Ni que decir tiene que no habría habido ocupación alguna, ni colonización ilegal israelí de la ocupada Cisjordania, si Israel no hubiera iniciado la guerra de 1967 con su acto de agresión contra Egipto y utilizado la oportunidad para ocupar más territorios, corriendo tras el sueño sionista de establecer el control judío sobre toda la Palestina histórica.

“En 1967 —concluye Stephens— Israel se vio obligada a entrar en una guerra contra unos enemigos que luego aceptaron la paz de mala gana”.

En realidad, en 1967, Israel decidió hacer la guerra contra sus vecinos y luego utilizó los territorios ocupados como moneda de cambio para arrancar concesiones a Egipto y Siria, como fue el visto bueno al rechazo israelí del derecho de retorno de los palestinos que se convirtieron en refugiados por mor de la limpieza étnica de Palestina efectuada por los sionistas.

En palabras del primer ministro israelí Menajem Beguin, al igual que en 1956, “en junio de 1967 tomamos una decisión. Las concentraciones del ejército egipcio en el Sinaí no prueban que Naser estuviera realmente a punto de atacarnos. Debemos ser honestos con nosotros mismos. Nosotros decidimos atacarles”.



Defender el régimen de ocupación de Israel

Stephens redondea su relato de cómo comenzó la guerra de 1967 resumiendo la historia posterior con una repetición de los tópicos de la propaganda sionista.

“En 1973, Egipto y Siria lanzaron un ataque sorpresa devastador contra Israel”, escribe, en relación a los ataques de Egipto y Siria contra las fuerzas israelíes que ocupaban el territorio egipcio de la Península de Sinaí y el territorio sirio de los Altos del Golán, respectivamente.

Luego, sigue la cansina retórica —para tomar prestadas sus propias palabras— de que los palestinos no deben culpar a nadie sino a sí mismos por la actual ocupación de Israel, ya que han rechazado las reiteradas ofertas israelíes para crear su propio estado en el denominado “proceso de paz”.

Stephens caracteriza a los “Acuerdos de Oslo de 1993” (en realidad, el segundo acuerdo de Oslo fue firmado en 1995) como un esfuerzo “serio” para alcanzar un acuerdo de paz. En realidad, como he documentado en mi libro Obstacle to Peace: The US Role in the Israeli-Palestinian Conflict, ese denominado “proceso de paz” ha sido el medio por el cual Israel y su benefactor han bloqueado toda implementación de la solución de dos estados, que es apoyada unánimemente por la comunidad internacional.

Para ilustrar esta idea, Stephens escribe que “en 2000, en Camp David, Israel ofreció a Arafat un estado y este lo rechazó”.

En realidad, lo que Israel ofreció a los palestinos en Camp David estuvo muy lejos de la soberanía y el respeto israelí del derecho a la autodeterminación del pueblo palestino. Dentro del marco adecuado de los derechos de cada parte según el derecho internacional —como opuesto al marco adoptado en el “proceso de paz”, en el que se rechaza la aplicación del derecho internacional, que es reemplazado por lo que Israel quiere—, Israel no hizo ninguna concesión en Camp David.

Solo la parte palestina hizo concesiones, a pesar de que ya había regalado a Israel el 78 por ciento del antiguo territorio de Palestina con el armisticio de 1949 (también conocida como “Línea Verde” o líneas anteriores a 1967).

Lo que Arafat estaba buscando en Camp David era un acuerdo que permitiera a los palestinos establecer su estado en el 22 por ciento restante del territorio palestino, es decir, en la Franja de Gaza y Cisjordania, incluyendo Jerusalén Este. (Los intentos de Israel de anexionarse Jerusalén Este han sido reiteradamente condenados por el Consejo de Seguridad de la ONU como ilegales y nulos, y sigue siendo según el derecho internacional “territorio palestino ocupado”, según las propias palabras de la Corte Internacional de Justicia.)

La “oferta” de Israel en Camp David incluía la demanda de que los palestinos cedieran todavía más territorio, aceptando la anexión israelí del 9 por ciento de Cisjordania: Jerusalén Este y algunas de las mejores tierras en las que Israel había establecido asentamientos en clara violación del derecho internacional.

Otra “oferta” de imposible asunción para los palestinos fue la demanda israelí de que renunciaran al derecho de los refugiados a regresar a sus hogares y tierras, de los que fueron expulsados en 1948.
“Nuestra gente no aceptará menos que sus derechos tal como están recogidos en las resoluciones y la legalidad internacionales”, dijo un frustrado Arafat al presidente Bill Clinton.

Contrariamente a lo declarado por Stephens, la supuestamente generosa oferta de Israel en Camp David quedaba muy lejos del cumplimiento del derecho internacional y del respeto de los derechos de los palestinos.

En la misma línea, Stephens escribe que “en 2008, el primer ministro Ehud Olmert ofreció un estado palestino en Gaza y el 93 por ciento de Cisjordania. Los palestinos rechazaron la propuesta sin más explicaciones”.

Stephens no se molesta en explicar a sus lectores por qué los palestinos debían haber aceptado la anexión del 7 por ciento del territorio cisjordano ocupado, incluyendo, naturalmente, Jerusalén Este, así como por qué debían haber renunciado al derecho internacionalmente reconocido de los refugiados a retornar a sus hogares. (La “oferta” de Olmert también incluía la demanda de que la Autoridad Palestina —el órgano administrativo establecido por los Acuerdos de Oslo para servir como colaborador del régimen de ocupación— expulsara a HAMAS y recuperara el control de Gaza. Limitado en su capacidad de colaboración con las autoridades israelíes por la voluntad del pueblo que decía representar, Mahmud Abás desestimó la serie de ultimátums que componían la “oferta” como una “pérdida de tiempo”.)

“En 2005 —sigue diciendo Stephens—, un gobierno de la derecha israelí retiró a sus soldados, colonos y asentamientos de la Franja de Gaza. Dos años más tarde, HAMAS se hizo con el control del territorio y lo utilizó para desencadenar tres guerras en siete años”.

En realidad, la retirada israelí de Gaza de 2005, ideada por el primer ministro Ariel Sharon, fue simplemente un medio de afianzar su poder para consolidar y expandir su régimen de asentamientos ilegales, incluyendo la construcción de un muro de anexión, dentro de la Cisjordania ocupada.
Es cierto que HAMAS tomó el control de Gaza en 2007, pero lo que Stephens no dice a sus lectores del Times es que fue una consecuencia de un plan conjunto de EEUU e Israel para derribar al gobierno de HAMAS después de que esta organización hubiera ganado legítimamente unas elecciones democráticas el año anterior.

Para castigar a la población civil de Gaza por haber votado a los malos, Israel puso en marcha un bloqueo del territorio, restringiendo severamente los movimientos de bienes y de personas desde y hacia el enclave palestino.

El propósito de este bloqueo ilegal fue resumido por un asesor de Ariel Sharon, Dov Weissglass, con estas palabras: “Es como una cita con el dietista. Los palestinos adelgazarán, pero no se morirán”.

El gobierno de EEUU conocía el plan israelí de castigar colectivamente a la población civil de Gaza. Un cable de la embajada de EEUU en Tel Aviv, dirigido a las autoridades de la administración Bush, entre ellas a la secretaria de estado Condoleezza Rice, decía que “las autoridades israelíes han confirmado a esta embajada en múltiples ocasiones que tienen la intención de mantener la economía de Gaza funcionando al nivel más bajo posible sin llegar a precipitar una crisis humanitaria”, siendo este término un eufemismo para referirse al punto en el que los y las gazatíes empezarían a morir de hambre.


Campo de refugiados palestinos. (Foto: TRTWORLD)
Campo de refugiados palestinos. (Foto: TRTWORLD)

En cuanto a las tres “guerras” que cita Stephens, es otro eufemismo para referirse a las agresiones militares de Israel cuyo objetivo era castigar aún más a la población civil indefensa de Gaza: la operación Plomo Fundido de 2008–2009, la operación Pilar Defensivo de 2012 y la operación Margen Protector de 2014.

De hecho, antes de cada uno de estos ataques contra Gaza, fue Israel quien violó los acuerdos de alto el fuego con HAMAS.

En 2008, por ejemplo, mientras HAMAS observaba estrictamente el alto el fuego que había entrado en vigor en junio de ese año, Israel violaba rutinariamente el mismo con la continuación del bloqueo, los continuos ataques transfronterizos y una incursión realizada el 4 de noviembre que terminó con la vida de seis miembros de HAMAS.

La agresión de 2012 fue iniciada el día después de que HAMAS hubiera convencido nuevamente a otros grupos armados de que respetaran el acuerdo de alto el fuego, lo cual fue utilizado por Israel para sacar de su escondite a un destacado miembro de HAMAS y asesinarle al comienzo de su operación.

Y en 2014, cuando HAMAS lanzó su primer cohete contra Israel el 6 de julio, Israel ya había bombardeado Gaza durante una semana (y rechazó los intentos de HAMAS de restablecer el alto el fuego con ayuda de la mediación egipcia).

En cada una de estas campañas militares contra la indefensa Franja de Gaza, Israel aplicó la llamada “doctrina Dahiya”, en referencia a la destrucción del distrito de Dahiya de Beirut como castigo colectivo a su población civil en el curso de la guerra de Israel contra el Líbano en 2006.

Conclusión

Se requiere mucho descaro para que Bret Stephens acuse a otros de “sinsentido ahistórico”, cuando él mismo no ha hecho otra cosa que regurgitar la propaganda sionista al uso y engañar deliberadamente a los lectores de su columna en el New York Times, llevándoles a creer que no fue Israel quien comenzó la guerra de junio de 1967.

Insiste en este engaño al sostener falsamente que Israel no fue responsable de violar los acuerdos de alto el fuego con HAMAS antes de sus operaciones militares en Gaza en 2008–2009, 2012 y 2014.

Y si bien Stephens trata de defender la ocupación israelí acusando a los palestinos de rechazar, de forma injustificada, las ofertas de paz de Israel, lo cierto es que los líderes palestinos han aceptado desde hace mucho tiempo una solución de dos estados, cuya implementación ha sido rechazada por Israel y su benefactor, el gobierno de Estados Unidos.



Refugiados palestinos. (Foto: TRTWORLD)
Refugiados palestinos. (Foto: TRTWORLD)


Jeremy R. Hammond es analista político independiente, editor y redactor de Foreign Policy Journal y escritor. Su nuevo libro es Obstacle to Peace: The US Role in the Israeli-Palestinian Conflict. Su sitio web es JeremyRHammond.com.

Publicado originalmente en: Who Started the Six Day War of June 1967?

Traducción: Javier Villate (@bouleusis)