Estados Unidos privatiza la guerra contra el terrorismo

John W. Whitehead

Publicado originalmente en: Privatizing the War on Terror: America’s Military Contractors, Antiwar.com, 18/01/2012



De todos los enemigos de la libertad pública, la guerra es, quizás, el más temible, pues comprende y desarrolla el germen de todos los demás. La guerra es el padre de los ejércitos; de estos proceden las deudas y los impuestos [...] instrumentos conocidos para llevar a muchos bajo el dominio de los pocos. [...] Ninguna nación podría preservar su libertad en medio de una guerra continua.
—James Madison

Las tropas de EEUU pueden estar retirándose de Irak, pero en contra de la afirmación del presidente Obama acerca de que "la marea de la guerra está retrocediendo", estamos lejos de haber terminado de pagar los costos de la guerra. De hecho, al mismo tiempo que Obama está reduciendo el número de tropas de Irak, las está reemplazando con mercenarios con un coste mucho mayor para el contribuyente, y está desplegando tropas en otras partes del globo, como África, Australia e Israel. De esta manera, la guerra contra el terrorismo se ha privatizado, la economía norteamericana se desangra y el complejo militar-seguridad-industrial gana una fortuna, hablando figurada y literalmente*.

El esfuerzo bélico en Irak, Afganistán y Pakistán ya ha costado a los contribuyentes más de 2 billones de dólares y podría llegar a los 4,4 billones antes de que todo termine. Al menos 31.000 millones de dólares —y posiblemente 60.000 millones o más— de esos 2 billones se se malgastaron en despilfarros y fraudes de los contratistas militares privados, que hicieron de todo, desde los servicios de limpieza y comida hasta la construcción, la seguridad y los servicios de inteligencia, trabajos todos que solían ser desempeñados por el ejército. Eso se traduce en una pérdida de 12 millones de dólares al día desde que EEUU invadió Afganistán. Para decirlo de otra manera, el gobierno gasta más en guerra que todos los 50 estados juntos [de EEUU] en salud, educación, bienestar y seguridad.

En las dos últimas décadas, EEUU se ha vuelto poco a poco más dependiente de los contratistas privados con el fin de llevar a cabo operaciones militares en el extranjero (de hecho, el uso extensivo de los contratistas privados de seguridad por parte del gobierno se ha intensificado con Obama). Según la Comisión sobre Contratos en Tiempos de Guerra en Irak y Afganistán, EEUU ya no puede realizar grandes o sostenidas operaciones militares o responder a importantes desastres sin el apoyo decisivo de contratistas. En consecuencia, EEUU emplea un mercenario como mínimo por cada soldado desplegado en Afganistán e Irak (ese número se está incrementando radicalmente a medida que las tropas de EEUU en esos países disminuyen). Para aquellos que se enrolan en el trabajo de contratista, muchos de los cuales son contratados por firmas privadas después de haber servido varias temporadas en el ejército, se trata de un negocio lucrativo, aunque peligroso (la probabilidad de que muera un mercenario es 2,75 veces mayor que la de que muera un soldado). Aunque parezca mentira, mientras que el salario base de un soldado estadounidense ronda los 19.000 dólares al año (14.735 euros al año), los de los mercenarios oscilan entre los 150.000 y los 250.000 dólares al año (entre 116.330 y 193.883 euros al año).

El número exacto de mercenarios en la nómina de EEUU es difícil de precisar, gracias a la extraña contabilidad del Departamento de Defensa y de sus contratistas. Sin embargo, según un informe de la Comisión de Contratos en Tiempos de Guerra publicado en agosto de 2011, hay más de 260.000 mercenarios en Irak y Afganistán, un número mayor que el de soldados desplegados en los dos países. Como ya hemos señalado, ese número crece notablemente cuando se retiran soldados de un área, como está sucediendo actualmente en Irak. Pratap Chatterjee, del Center for American Progress, estima que "si la administración Obama reduce el número de soldados en Afganistán a 68.000 para septiembre de 2012, se necesitarán 88.400 mercenarios como mínimo, y posiblemente unos 95.880".

Habiendo más mercenarios que soldados de combate, el esfuerzo bélico norteamericano que George W. Bush denominó como "coalición de voluntades", ha evolucionado hacia una "coalición de facturaciones". El Comando Central del Pentágono dice que hay 225.000 mercenarios en Irak, Afganistán y otras partes. Entre diciembre de 2008 y diciembre de 2010, el número total de mercenarios en Afganistán se incrementó en un 413 por ciento, mientras que las tropas lo hicieron en un 200 por ciento. Los contratistas privados proporcionan varios servicios, como transporte, construcción, manejo de aviones teledirigidos y seguridad. Un contratista militar, Blackbird, está formado por exagentes de la CIA que realizan misiones secretas para rescatar soldados norteamericanos perdidos y capturados. También está el Lincoln Group, que se hizo famoso por llevar a cabo operaciones psicológicas encubiertas mediante la publicación de falsas historias en la prensa iraquí que ensalzaban la intervención de EEUU. Global Strategies Group protege el consulado de Basora por 401 millones de dólares. SOC Inc. protege la embajada de EEUU por 974 millones de dólares.

Por desgracia, el uso de contratistas privados por parte del gobierno de EEUU se ha convertido en sinónimo de fraude, mala gestión y corrupción. McClatchy News "descubrió que la financiación de al menos 15 programas y proyectos a gran escala [en Afganistán] por parte del gobierno de EEUU creció desde 1.000 millones de dólares, aproximadamente, a casi 3.000 millones, a pesar de los interrogantes del gobierno sobre su efectividad o coste". Un programa que comenzó como un modesto proyecto de trigo, "se convirtió en uno de los proyectos de contrainsurgencia en el sur de Afganistán más grandes de EEUU, a pesar de las dudas sobre su eficacia". Otro programa, de miles de millones de dólares, consistió en la construcción de escuelas, clínicas y otros servicios públicos que fueron tan mal construidos que no podrían haber resistido un terremoto serio y tendrán que ser reconstruidos. Otro caso fue el de una planta de diesel de 300 millones de dólares, que fue construida a pesar de que no iba a ser utilizada con regularidad, "porque su combustible cuesta más que lo que el gobierno afgano podía permitirse el lujo de pagar para que funcionara con regularidad". RWA, un grupo de tres contratistas afganos, fue seleccionado para construir una carretera de unos 28 kilómetros en la provincia de Ghazni. Se pagaron 4 millones de dólares entre 2008 y 2010 antes de que el contrato terminara con tan solo un kilómetro construido.

Eso sí, teniendo en cuenta que EEUU gasta más de 2.000 millones de dólares cada semana en Afganistán, estos ejemplos de ineptitud y despilfarro representan solo una parte de lo que está financiando el contribuyente norteamericano. (Investigaciones periodísticas han revelado que grandes cantidades de dinero, derivado de los gastos de ayuda y logística de EEUU, están siendo sacados del país en avión por autoridades afganas, incluidos 52 millones de dólares sacados por el vicepresidente afgano, a quien se permitió quedarse con el dinero.) Sin embargo, lo que la mayoría de los estadounidenses no sabe es que estamos financiando a las mismas personas a las que decimos estar combatiendo. El esfuerzo bélico se ha corrompido tanto que los contribuyentes norteamericanos no solo están siendo estafados por los contratistas militares, sino que están siendo forzados a financiar indirectamente a los insurgentes y los señores de la guerra de Irak y Afganistán, así como a los talibanes, que reciben dinero de esos contratistas militares a cambio de protección. Esto es justificado como el "coste de hacer negocios" en esos países. Según informa el FINANCIAL TIMES, la Comisión sobre Contratos en Tiempos de Guerra en Irak y Afganistán "descubrió que la extorsión de fondos estadounidenses procedentes de proyectos de construcción y transporte fue la segunda fuente de financiación más importante de los grupos insurgentes".

A pesar de lo que uno pudiera pensar, el auge de las contratas en las zonas en guerra no está ayudando necesariamente a crear empleo en EEUU, puesto que muchos contratados son extranjeros. Por ejemplo, más del 90 por ciento de los agentes privados de seguridad contratados en Afganistán son afganos. Un contratista, Triple Canopy, la mayoría de cuyos guardas son ugandeses y peruanos, tiene un contrato de 1.530 millones de dólares con el Departamento de Estado para proteger a sus empleados. ArmorGroup North America (AGNA), que ha sido contratado para cuidar de la seguridad de la embajada de EEUU en Kabul, emplea a muchos nepalíes (los conocidos gurkhas), cuyo inglés no es precisamente muy bueno. "Un guarda describió la situación como muy grave, tanto que si tuviera que decir a muchos gurkhas 'hay un terrorista detrás de ti', esos gurkhas responderían 'gracias, señor, buenos días'".

Las prácticas empleadas por los contratistas militares reflejan, también, el pobre compromiso de EEUU con los derechos humanos, tanto en la forma en que tratan a sus empleados como en la conducta de los empleadores. Por ejemplo, Triple Canopy aloja a sus empleados en contenedores de transporte hacinados. Además de solicitar prostitutas chinas menores de edad, se ha dicho que los empleados de AGNA "orinan sobre personas, comen patatas fritas de las rajas de los culos, expulsan vodka por el culo (hay un vídeo de esto), rompen puertas en peleas de borrachos, los jefes amenazan e intimidan...". Esta conducta no es solo característica de empleados de bajo nivel, sino que se ha observado en jefes que, incluso, la han alentado. Empleados de Blackwater han sido acusados de contrabando de armas, así como de uso de cocaína y esteroides. A pesar de todo esto, Blackwater —que, tal como informó el NEW YORK TIMES, "creó una red de más de 30 empresas ficticias y subsidiarias, en parte para obtener millones de dólares en contratos del gobierno de EEUU después de que la compañía de seguridad fuera objeto de fuertes críticas por su conducta imprudente en Irak"— consiguió un contrato de 10.000 millones de dólares otorgado por el Departamento de Estado en 2010.

A pesar de los altos niveles de corrupción, despilfarro, mala gestión y fraude existentes entre los contratistas militares en Irak y Afganistán, el gobierno de EEUU sigue protegiéndoles, oponiéndose a todo intento de mayor control y supervisión, así como de rendición de cuentas. Después de todo, la guerra se ha convertido en una gran oportunidad para ganar dinero, y EEUU, con su gran imperio militar, es uno de sus mejores clientes. En efecto, el complejo militar-industrial norteamericano ha levantado un imperio sin igual en la historia por su amplitud y alcance, y se ha dedicado a mantener un estado de guerra perpetua en todo el mundo.

Lo que la mayoría de los estadounidenses no ha logrado reconocer es que estas guerras tienen poco que ver con la seguridad del país y mucho que ver con el enriquecimiento del complejo militar-industrial a expensas del contribuyente. Se trata del complejo militar-industrial (la fusión ilícita de la industria de armamentos y el gobierno) contra el que nos advirtió el presidente Dwight D. Eisenhower hace más de 50 años y que se ha convertido, probablemente, en la mayor amenaza para la frágil infraestructura del país.

Lamentablemente, a los estadounidenses se les ha inculcado un falso e inoportuno patriotismo respecto a un ejército, que identifica devoción a su país con apoyo a su maquinaria de guerra, de forma que cualquier mención a un recorte en el gigantesco presupuesto de defensa es recibida inmediatamente con indignación. A pesar de todo, el complejo militar-industrial está embarcado en un juego mortífero, uno que todos los presidentes, incluido Obama, han promovido. Y las consecuencias, como reconoció Eisenhower, son graves:

Cada arma que se fabrique, cada barco de guerra que se bote, cada proyectil que se dispare significa, en último término, un robo a aquellos que pasan hambre y no son alimentados, aquellos que tienen frío y no son vestidos. Este mundo en armas no solo está gastando dinero. Está gastando el sudor de sus trabajadores, el genio de sus científicos, las esperanzas de sus hijos... Esto no es, en absoluto, una forma de vida, se mire como se mire. Bajo los nubarrones de una guerra amenazante, es la humanidad la que cuelga de una cruz de hierro.

Notas

* El original inglés dice "makes a killing", que significa figuradamente "gana una fortuna", pero literalmente sería "comete un asesinato (o una matanza)".


John W. Whitehead es abogado, fundador y presidente del Instituto Rutherford. Su último libro es The Freedom Wars (TRI Press). Su correo-e: johnw@rutherford.org.

Traducción: Javier Villate