El conflicto sectario se recrudece en Irak

Brian M. Downing

Publicado originalmente en: Sectarian conflict flares in Iraq, Asia Times Online, 5/01/2012



El conflicto sectario en Irak se ha recrudecido cuando el gobierno chiita ha ordenado el arresto de un vicepresidente sunita al que relaciona con una banda de asesinos.

Al parecer, en la acusación está implícita la idea de que los políticos suníes fueron cómplices en varios atentados con bombas en los dos últimos años, que mataron a centenares de chiíes. En la actualidad, el conflicto es político y judicial, pero no puede resolverse mediante el diálogo y las sentencias jurídicas.

Los iraquíes suníes quieren establecer una región autónoma en el Irak central. Los poderes regionales suníes que se oponen a la influencia iraní-chií apoyan este objetivo. Los iraquíes chiíes quieren mantener a los suníes como una minoría débil y sus aliados iraníes quieren castigar a los poderes suníes que llevan a cabo una guerra clandestina contra Teherán. Por tanto, existe un gran riesgo de que volvamos a una guerra sectaria y a un conflicto regional.

La situación sectaria

El conflicto entre suníes y chiíes en la región mesopotámica tiene sus orígenes en tiempos del Imperio Otomano, cuando los suníes, a pesar de ser una minoría, eran políticamente dominantes. La preeminencia suní continuó cuando los británicos instalaron la monarquía hachemita después de la Primera Guerra Mundial, y varios políticos y generales, entre ellos Sadam Husein, iban y venían.

La caída de Sadam Husein en 2003 provocó una insurgencia cuyo objetivo era evitar la marginación de los suníes y el dominio chiita. Aplacada temporalmente por EEUU y la mediación de Arabia Saudí durante la "escalada", los suníes sufrieron posteriormente detenciones sistemáticas y exclusiones a instancias del gobierno chiita.

En los dos últimos años, la población chií y las fuerzas de seguridad han sido blanco una mortífera campaña de atentados que ha matado a decenas de personas cada mes.

La resistencia suní difiere de la vieja insurgencia. No tiene líderes destacados ni manifiestos. Ha surgido de docenas de grupos tribales, exbaasistas y militares, y ha ido configurando una cierta unidad con un liderazgo nebuloso y una fuerza incierta. Por lo general, evita los enfrentamientos y las emboscadas —algo habitual en tiempos de la insurgencia— y optan por los atentados con bombas. Curiosamente, solo en raras ocasiones ha atacado a las tropas norteamericanas, aunque estas fueron el principal objetivo durante la insurgencia.

La coherencia y la disciplina de la nueva resistencia sugieren una considerable organización política indígena y también un importante apoyo exterior, seguramente procedente de Arabia Saudí. Riad advirtió a Washington que el derrocamiento de Sadam Husein supondría el ascenso de los chiíes y de Irán, y ahora intenta contener o incluso revertir su poder.

El actual conflicto no es meramente un enfrentamiento entre chiíes y suníes. Las preocupaciones por las ambiciones nucleares de Teherán y la inquietud chiita en los países gobernados por los suníes, se han convertido en parte de la contienda geopolítica entre Irán y Arabia Saudí.

Perspectivas de la insurgencia suní

Aunque superados en número (tres chiíes por cada suní), los suníes iraquíes tienen fortalezas y recursos que podrían hacer que la lucha sectaria sea prolongada y costosa. Muchos de sus activos proceden de sus vínculos con Arabia Saudí, la mayoría de los cuales son relativamente recientes.

La tribu suní más grande es la dulayim, en el centro y oeste de Irak, cuya mentalidad y habilidades marciales no se han marchitado en las últimas décadas. Los dulayim fueron uno de los pilares del ejército y las fuerzas de seguridad de Sadam Husein, pero conservaron una fuerte identidad tribal, la cual les condujo a una feroz insurrección contra el régimen en 1995, cuando algunos generales dulayim fueron maltratados.

Cuando los jeques perdieron el poder y los ingresos derivados de su participación en el régimen de Sadam Husein, y los jóvenes fueron desmovilizados sin contemplaciones por el ejército, las redes tribales dulayim jugaron papeles importantes en la insurgencia contra EEUU de los años 2006-2008, proporcionando reclutas, líderes y suministros.

Esas redes no están confinadas al suelo iraquí. Los dulayim de Siria apoyaron la insurgencia, y los dulayim de Arabia Saudí hicieron otro tanto, pero posteriormente ayudaron a calmar la insurgencia durante la "escalada".

Los dulayim siguen siendo expertos en tácticas y armas de infantería ligera, aunque los atentados con bombas es su recurso más útil en la actualidad. Pueden combatir en formaciones convencionales contra unidades suníes del nuevo ejército iraquí o como guerrillas en una guerra irregular.

Las regiones suníes tienen, también, una gran presencia salafista. Faluya, en la región de Anbar, es un centro tradicional de esa austera y militante forma del Islam, lo cual es una razón, normalmente pasada por alto, de su importancia en la oposición a la ocupación norteamericana.

Después de la humillante derrota en la primera guerra del Golfo (1991), la ideología salafista se extendió en el ejército de Sadam Husein. Los soldados vieron ese apabullante fracaso como el resultado de la falta de fervor religioso y volvieron la vista hacia el salafismo, como el camino para la regeneración personal y nacional.

Cuando las potencias occidentales ocuparon Irak, los salafistas vieron cuál era su deber. Durante el clímax de la insurgencia, cuando los saudíes y otros voluntarios llegaron en grandes cantidades, Faluya se convirtió virtualmente en una teocracia salafista, con su policía moral de corte wahabí patrullando las calles y amenazando a los hombres sin barba y a las mujeres sin velo.

Faluya y Anbar ya no están bajo control salafista, pero las conciencias y las aspiraciones de los salafistas iraquíes no han sido apaciguadas. El vivero intelectual y financiero del salafismo es Arabia Saudí, que ha promovido su estudio como un medio para extender su influencia entre los jóvenes militantes. En este sentido, el salafismo no solo vincula a varias nacionalidades con la religión saudí, sino también con la geopolítica saudí.

La hostilidad salafista hacia los valores occidentales es bien conocida, tan bien conocida que ha ensombrecido su hostilidad hacia el chiísmo, al que considera una corrupción excepcionalmente repugnante del Islam. Los salafistas iraquíes comparten la hostilidad de Riad hacia el chiísmo en general y también hacia la encarnación política del chiísmo en Teherán y, ahora, en Bagdad. Son los soldados más motivados ideológicamente de las fuerzas antichiitas coaligadas en Irak.

Encajan bien con los estados del Golfo enemigos de Irán que Riad se está encargando de coordinar. Las fuerzas antichiíes de Irak no carecerán de fondos ni de refugios seguros.

Perspectivas de una guerra regional

Un conflicto sectario en Irak con una parte apoyada por Irán y la otra, por Arabia Saudí, será extremadamente difícil de contener dentro de las fronteras de Irak. El conflicto podría ser utilizado para intimidar, aún más, a Irán o incluso como un pretexto para atacarle.

Los tres protagonistas principales (Irak, Irán y Arabia Saudí) tienen grandes reservas de hidrocarburos, los dos últimos son grandes exportadores de petróleo y el otro pronto lo será. Los campos petrolíferos, los oleoductos y las terminales para la exportación de un enemigo serían, lógicamente, blancos tentadores con una inmensa importancia para los capitales y sus intercambios en el mundo.

La concesión de la autonomía a los suníes iraquíes podría parecer una forma juiciosa o, al menos, atractiva de calmar una situación peligrosa, pero hay dos problemas que la dificultan.

En primer lugar, las regiones suníes y chiíes no están claramente divididas, ni siquiera después de los mortíferos combates de estos últimos años, y las dos comunidades religiosas se entremezclan en muchas partes del centro y sur de Irak.

En segundo lugar, una región autónoma suní sería, dados los actuales alineamientos regionales, un santuario desde el que llevar a cabo ataques contra objetivos chiíes e iraníes. Ni Irak ni Irán quieren otro enemigo, sobre todo uno con una prometedora, aunque subdesarrollada, riqueza petrolera y un montón de aliados suníes.

Los acontecimientos que se están produciendo en Siria ya están teniendo consecuencias en Irak. El derrocamiento del régimen chií de Asad y el advenimiento de un gobierno de mayoría suní reforzaría la lucha suní iraquí por la autonomía, y podría conducir a su integración en una Siria con hegemonía suní.

Alternativamente, los chiíes iraquíes podrían arremeter duramente contra los suníes y provocar que muchos de ellos huyeran a Siria, donde podrían ayudar, gustosamente, a derrocar al régimen chií de Asad. Los saudíes estarán ansiosos, seguramente, de poder ayudar en cualquiera de los dos escenarios.

El conflicto que se avecina viene pisando las huellas de la retirada de las tropas norteamericanas de Irak, que ha dejado pocas simpatías hacia EEUU, con la excepción del norte kurdo, contento pero atento a los acontecimientos que se están desarrollando en el resto de Irak.

Los suníes ven a EEUU como una potencia extranjera que terminó su ocupación del país de forma arrogante y torpe. Los chiíes, por su parte, no ven tanto a EEUU como una potencia que acabó con Sadam Husein y que hizo posible un gobierno chií, sino como un benefactor de las tribus suníes desde la "escalada", así como un enemigo de las milicias chiíes, aliado de la Casa de Saud y pivote central de una coalición antiiraní compuesta por el mismo EEUU, Israel y Arabia Saudí.

Aunque los ideólogos de la política exterior de EEUU se aferran a la táctica de intimidar a Irán y alinear a Irak con Occidente, los norteamericanos podrían haber tenido la suerte de que Bagdad le haya señalado la puerta de salida.



Brian M. Downing es analista político y militar, y autor de The Military Revolution y Political Change and The Paths of Glory: War and Social Change in America from the Great War to Vietnam. Su correo-e es: brianmdowning@gmail.com.

Traducción: Javier Villate